¿Quién era el caballero solitario, entrado en años, de chaqueta de paño y corbata, sentado junto a una mesita donde reposaba una partitura, que a primera mañana del domingo, en la placita de La Virgen, de la Plaza de Paloquemao, algo gesticulaba con los labios, y de repente, con un do de pecho, esparcía su voz celestial con un fragmento de El Brindis de la Traviata, de Giuseppe Verdi, en medio de vapores de caldo de pajarilla, pescado y costilla, en el inicio del agite dominguero de este frecuentado punto de abastecimiento de Bogotá?


